TEGUCIGALPA. El inicio de la gestión presidencial de Nasry Asfura está marcado por una crisis administrativa sin precedentes: el mandatario asumirá la titularidad del Poder Ejecutivo sin un Presupuesto General de Ingresos y Egresos aprobado para el ejercicio fiscal 2026. Este instrumento, vital para la gobernabilidad, debió ser ratificado por el Congreso Nacional (CN) el año pasado; sin embargo, la falta de consensos legislativos ha dejado al nuevo Gobierno sin la herramienta legal necesaria para ejecutar el gasto público o realizar la recaudación tributaria correspondiente.
La propuesta financiera que se encuentra en el limbo legislativo asciende a 469,249 millones de lempiras, lo que representa un incremento neto de entre el 8% y el 9% respecto al periodo anterior. El presidente Asfura se verá obligado a remitir de forma inmediata un nuevo anteproyecto al Congreso Nacional, el cual servirá como hoja de ruta para los meses restantes del año. Sin este documento aprobado, la administración pública carece de facultades para mover fondos, lo que pone en riesgo la operatividad mínima de las instituciones estatales.
La urgencia no es solo técnica, sino de supervivencia institucional. Los expertos en economía advierten que el tiempo se agota, fijando el próximo martes como la fecha límite para evitar un colapso en los pagos. De no aprobarse la ley, el Estado entraría en una parálisis financiera que impediría honrar los compromisos salariales con los empleados públicos y el pago a los proveedores. Las fuerzas políticas mayoritarias han mostrado cierta apertura para acompañar un presupuesto acorde a las necesidades del país, buscando evitar un vacío de poder económico.
Un análisis profundo de las cifras revela una realidad asfixiante para los tomadores de decisiones. Se estima que el 87% del presupuesto ya está comprometido de antemano. Esto significa que, de cada 100 lempiras, 87 ya tienen un destino inamovible: el pago de sueldos, salarios, transferencias obligatorias y donaciones. Este nivel de rigidez presupuestaria deja al nuevo Gobierno con un margen de maniobra extremadamente limitado para impulsar las promesas de campaña o nuevos proyectos de infraestructura.
A esta inflexibilidad se suma el pesado lastre de la deuda pública. Los datos son contundentes al señalar que ocho de cada diez lempiras que ingresan a las arcas del Estado se destinan exclusivamente al servicio de la deuda. En términos prácticos, ochenta centavos de cada lempira recaudado se esfuman en compromisos financieros previos, dejando apenas una fracción mínima para inversión social. Este escenario plantea la duda de si la nueva administración podrá implementar una austeridad verdadera o si se enfrentará a un simple maquillaje contable.
Por su parte, la bancada del Partido Libertad y Refundación (Libre) ha adoptado una postura de vigilancia participativa. Los diputados de oposición han asegurado que no mantendrán una postura cerrada ni votarán en contra de todos los proyectos por sistema, sino que apoyarán aquellas iniciativas que beneficien directamente al pueblo hondureño. No obstante, recalcan que el escrutinio sobre el destino de los fondos será riguroso para garantizar que el presupuesto no sea utilizado como una herramienta de distracción política.
Finalmente, el reto para el Congreso Nacional es lograr un equilibrio entre las necesidades técnicas y las exigencias de gobernabilidad. La aprobación del presupuesto 2026 será la primera gran prueba de fuego para la relación entre el Ejecutivo de Asfura y un Legislativo fragmentado. El país observa con atención si los diputados priorizarán la estabilidad nacional por encima de los intereses partidarios, permitiendo que el Estado recupere su capacidad de ejecución y brinde respuestas a una población que demanda transparencia y resultados.


