Tegucigalpa. Silvia Matute relata, con la voz quebrada por el miedo y la indignación, la pesadilla que ha vive su hija, Dayani Acosta, y sus dos pequeños nietos.
Su testimonio es un crudo reflejo de las cicatrices visibles e invisibles que deja la violencia de género, una lacra que no solo afecta a la pareja directa, sino que se extiende como una mancha tóxica sobre toda la familia.
En una conversación cargada de emotividad, Silvia no solo confirma el último y brutal episodio, donde su hija fue agredida a mordidas por su pareja, Héctor Adrián Navarro López, sino que destapa una historia previa de maltratos.
Lo más revelador y desgarrador de su relato es la súplica que nace del amor de madre y abuela: «Mi hija necesita un psicólogo, ella no está bien», exclama, poniendo al descubierto el profundo trauma emocional padecido.
Pero la violencia no se detuvo en Dayani. Silvia revela con estupor que ella misma fue víctima de agresiones por parte de quien consideraba su yerno.
«A mí me golpeó. Sí», afirma, mostrando cómo el patrón violento del agresor se dirigía también hacia el círculo familiar más cercano que intentaba proteger a la víctima.
El contexto agrava aún más la situación. Silvia asegura que el ataque más reciente ocurrió cuando Dayani apenas tenía 40 días de haber dado a luz a su segundo hijo con Navarro López.
La víctima, en un estado de extrema vulnerabilidad física y emocional postparto, fue presa de la furia de su pareja. Además, la madre acusó al sujeto de ser «drogo», sugiriendo un posible factor detonante en su comportamiento violento.
El impacto en los niños es otra de las grandes preocupaciones. El hijo mayor, de apenas dos años, fue testigo de la golpiza. «El niño más bien quiere un psicólogo porque el niño no está bien», relata doña Silvia, evidenciando las secuelas psicológicas que ya afectan a la siguiente generación, condenada a crecer en un ambiente de terror.
La familia se encuentra ahora en una situación de desarraigo y desplazamiento forzado. Ante las constantes amenazas de muerte provenientes de la familia del agresor, incluida la madre de este, doña Silvia y Dayani tuvieron que huir de su hogar en la aldea El Pedregal, San Francisco de la Paz.
«Yo por eso me tuve que salir de mi aldea», declaró, convirtiéndose en otra víctima colateral de un sistema de intimidación que busca silenciarlas y aislarlas.
Actualmente, ambas se encuentran juntas, tratando de sobreponerse al trauma, mientras enfrentan la incertidumbre y la lucha por obtener justicia en un caso que encapsula la compleja y multifacética realidad de la violencia intrafamiliar.


